jueves, 2 de abril de 2009

Mi reloj

Bajo la luz tenue y amarillenta de la sala se apilaban infinidad de instrumentos y utensilios, algunos increíblemente extraños y cuyos nombres eran casi impronunciables. La estancia era rectangular, de unos cinco metros de largo por tres de ancho. El suelo gris, las paredes blancas y el techo amarillento, de escasa altura, lleno de desperfectos posiblemente causados por accidentes a la hora de manejar los instrumentos y utensilios antes mencionados.


A ambos lado de la sala, mandaban firmes estantes blancos con los frontales celestes, y en uno de los fondos un artilugio de fabricación casera, lleno de cables, pantallas, remiendos y carteles de no tocar. La puerta tenía una pequeña ventana tapada con bolsas de basura, y una silla de oficina, con sólo dos ruedas, deambulaba sin rumbo fijo. Sólo había una ventana, cubierta por una rudimentaria y sucia cortina de color azul. Tras la cortina, se podría divisar la ciudad casi en su totalidad. La vista se perdía el horizonte, y las noches y las mañanas se turnaban tras aquel ventanal. Quizás la cortina fuera de las pocas cosas que tenía un uso razonable en aquel lugar: por la mañana estaba desplegada y por la noche recogida.


Cualquier persona, por la descripción del lugar, pensaría que se trata de un laboratorio. Y en efecto, para casi todos aquél lugar podría serlo. Para todos menos para él. Para él aquello era todo lo que tenía. Aquél lugar contenía sus preguntas, sus inquietudes y su tiempo. Y de aquél lugar tendrían que salir las respuestas a sus interrogantes. No importaba cuándo, ni cómo. Pero estaba convencido que dedicando sus esfuerzo y su tiempo a reflexionar en aquel antro alcanzaría lo que siempre había soñado.


Salía a la calle de noche, porque pensaba que la gente es auténtica cuando no brilla el sol. Los que no tenían nada que decir, dormirían. Los que tenían que luchar, estarían planeando su estrategia. Los que tenían algo que buscar, buscarían. Y los que caminan junto el mal, harían sus fechorías. Nadie está disfrazado de noche. Para él, todos eran genuinos cuando la oscuridad predomina sobre la luz. Por eso su cortina funcionaba tan bien. Porque odiaba los amaneceres, donde lo auténtico dejaba paso a lo espurio. Y en cambio, veneraba los atardeceres. Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, cuando la luna y las estrellas hacían acto de presencia tomando posiciones en el firmamento, cuando el sol se ponía naranja enrabietado por el estéril esfuerzo que hacía para no dar paso a la noche, entonces lo falso se intercambiaba con lo real.


Su adocenada y monótona vida comenzaba al mediodía, cuando despertaba mirando al techo, inmóvil, con los ojos clavados en el primer punto que divisaba al abrirlos. Se esforzaba por recordar si durante la noche había pensado en algún enigma que resolver o cualquier solución brillante había hecho acto de presencia en sus sueños. En el caso de que alguna de las dos cosas ocurriera, se levantaba con serenidad, se dirigía hacia una pizarra colocada en una de las paredes y la anotaba. Aquella mugrienta pizarra listaba todos los objetivos que tenía en su vida.


No solía salir. Su principal fuente de aprovisionamiento alimenticio era una señora, de más o menos su edad, que a diario y desde hacía infinidad de años le traía la comida a la misma hora y con la misma sonrisa. El no comprendía por qué lo hacía, simplemente le abría la puerta, tomaba los alimentos y con un escueto gracias se despedía de ella hasta la mañana siguiente. Esto provocaba que saliera aún menos. Cuando lo hacía, buscaba el horario más adecuado para que el medio de transporte estuviera lo más vacío posible. Al subir, exploraba el medio. Si estaba medio vacío o vacío en su totalidad, sentía un profundo alivio al poder escoger un lugar donde sentarse sin que nadie le molestara ni interrumpiera sus pensamientos. Se hundía en el asiento, agachaba la cabeza y leía las notas que llevaba impresas en papel reutilizado.


El resto del día lo pasaba observando experimentos, llevando a la práctica teorías y recogiendo los desperfectos de las explosiones controladas que sucedían con más frecuencia de la deseada.


Lo más sorprendente de todo era una manía, por llamarlo de alguna forma, que tenía. Al terminar de comer, se ponía un mono blanco y se dirigía hacia un espejo de unos dos metros de alto. Delante del mismo, se despojaba de sus gafas, cogía una cámara de fotos bastante vetusta y disparaba. Al cabo de unas horas revelaba aquella fotografía, le ponía fecha y la guardaba en un enorme archivador que contenía todas las fotografías que se había hecho con anterioridad.


Un día, en un momento de dispersión, comenzó a ojear el contenido de aquel álbum. De repente una tremenda angustia se apoderó de él. Se había dado cuenta de que el tiempo había transcurrido sin piedad, y que ninguno de sus objetivos se estaba cumpliendo. Tenía recogida toda su vida en una carpeta pero no servía para nada. La sensación de fracaso, hastío y desesperación era inevitable.


Se dirigió entonces a la pizarra y borró todo el contenido salvo la primera de las opciones: controlar el tiempo. Ese fue su primer objetivo y para ello construyó el esperpento que ocupaba parte de la habitación. Entonces, decidió retomar el proyecto con más fuerza y durante los siguientes años sólo se dedico a él.


Pruebas, pruebas, pruebas. Fracasos, fracasos, fracasos. No podía más, estaba atormentado. La simple idea de que algo le superara, de que el su tiempo le dominara a él, le estaba conduciendo al abismo.


Una de aquellas tardes de ensayo – prueba – error – fracaso – depresión, entró en cólera y comenzó a tirar todos los utensilios al suelo, mientras gritaba como un energúmeno. La señora que a diario el traía la comida podía escuchar desde la escalera bramidos groseros. Ella sabía de su proyecto, pues miraba la pizarra todos los días cuando le dejaba la comida.


Llamó la puerta, y se oyó un grito: ¡¡Qué!! Era la primera vez que no le abría la puerta directamente, y también era la primera ocasión en la que le decía una palabra distinta a Gracias.


Con serenidad, le contestó: Soy yo. Necesitas comer, ábreme por favor. Tras una breve espera, la puerta se abrió y él, sin decir nada, se volvió a sentar dándole la espalda. Ella, que sentía profunda lástima y un inmenso cariño por él, se acercó despacio, dejando la comida a su derecha y continuó hasta el otro extremo de la mesa. Cogió una caja, se sentó encima y mirándolo cara a cara le dijo: Dame tu reloj.


Él no daba crédito a lo que estaba viviendo. Aquella señora le había pedido que le diera el reloj, pero ¿para qué? Turbado e intrigado por aquella petición, accedió, dándole el reloj que le regaló su padre y el reloj de los experimentos.


La señora comenzó a hablarle de qué significaba para ella subir a diario su comida, por qué lo hacía, lo feliz que se sentía haciéndolo. La conversación derivó en otros comentarios, algunos divertidos, otros tristes, otros trascendentales. Hablaron de lucha, de sueños, de buscar y encontrar, de la eternidad...


Cuando terminaron, ella extendió la mano y le dijo: Tus relojes. Pero antes, ¿qué hora piensas que es? Se hizo un silencio algo incómodo y contestó con firmeza: es verano. Son las 21:45h. Debe estar anocheciendo.


Muy bien – dijo ella. Le dio sus relojes y sin mediar palabra más se marchó. Él estaba convencido de que le había dicho la hora correcta, así que como parte de su rutinaria vida, se dirigió, como a diario, a la ventana para ver el atardecer que tanto le gustaba.


Pero nada más lejos de la realidad. Era de noche, noche cerrada. La primera vez en muchísimos años que se perdía un atardecer. El tiempo había pasado tan rápido que no se había dado cuenta de ello. Aquella señora consiguió dirigirlo de manera brillante, le había engañado.


Durante aquella noche no dejó de pensar en lo que había ocurrido. Se sentó en la misma mesa, esta vez mirando a la puerta, y esperó a que volviera al día siguiente a traerle la comida. Quería darle las gracias por todos los años de dedicación desinteresada y por la conversación inolvidable que acababan de mantener.


Los minutos pasaban muy despacio en la espera. Miraba sus relojes, y las agujas parecían ir hacia atrás. Estaba ocurriendo lo que precisamente esperaba que hiciera su máquina. Manipular el tiempo. Tiempo que casi se para al llegar la hora en la que ella debería aparecer. Pero ese día no apareció. Entonces, el tiempo definitivamente se paró para él. No podía imaginar tener que esperar otras 24 horas tan lentas como las anteriores. ¡Y aquella máquina no funcionaba!


De correr por la estancia sin rumbo, de pensar, del nerviosismo de imaginar que no volviera más, cayó rendido. Había consumido todas sus energías. Durmió profundamente, sin soñar en experimentos, soluciones mágicas, hipótesis ni fórmulas. Sólo le despertó una llamada a su puerta. Se levantó de un salto y abrió la puerta. Era ella.


Pero no traía comida. El la miró extrañado a ver sus manos vacías, y en la intersección de su casa con el pasillo del edificio, ella le dijo: Los lugares se construyen solos, las estancias son tan grandes como la distancia al prójimo y el tiempo es la suma de las horas y los minutos que los demás te quieran dedicar. Todos somos una pieza de tu máquina mágica.


Aquella frase fue como un disparo a todas y cada una de las fotografías de aquél álbum. Quedó en estado de shock. Tanto que ni siquiera se dio cuenta de que ella se marchó en la oscuridad. Cuando volvió en sí, se dirigió a la pizarra, y al lado del único objetivo que quedaba, que era controlar el tiempo, escribió: conseguido, 25/05/08.


Cogió una maleta, levantó la persiana y sin volver la vista hacia detrás, cerró la puerta.


1 comentario:

KorXo dijo...

El contrafuerte literario ;).

El primer tercio ha sido un poco indiferente, pero luego he de reconocer que me ha capturado. 7 sobre 10.

Oye, ponle algún tipo de tags a estos pequeños relatos para luego poder categorizar los posts.